Reseña: Cartas desde el manicomio - Dario Džamonja

Título: Cartas desde el manicomio.

Autor: Dario Džamonja

Editorial: Sajalín.

Págs: 167.

Sinopsis: Dario Džamonja (1955-2001) creció en las calles de la Sarajevo de los años setenta y frecuentó desde muy joven a buscavidas y bohemios de diverso pelaje. Influenciado por el realismo sucio norteamericano, escribió como nadie sobre la cara oculta de su ciudad. Sus cuentos breves, de corte autobiográfico, le granjearon una gran popularidad entre sus conciudadanos. La Guerra de los Balcanes, sin embargo, truncó su carrera literaria y lo obligó a emigrar a los Estados Unidos. Allí, lejos de su amada Sarajevo, sobrevivió como buenamente pudo y narró con crudeza y humor negro la alienación que sentía. La colección de relatos Cartas desde el manicomio (2001), primera traducción a una lengua extranjera de un libro de Džamonja, es una crónica semificcional del periplo del autor entre Sarajevo y los Estados Unidos, que abarca desde el inicio de la guerra hasta su regreso en 1998.

Opinión personal: Primer contacto con este escritor sarajevita y ha sido un acierto total. Como algunos muy bien señalan, su estilo podría describirse algo así como una mezcla del realismo sucio nortemaericano propio de Bukowski y la bohemia de los escritores beatniks. Su prosa es cruda, punzante y profundamente triste y humana. En esta colección de relatos, Daco nos narra su paso como exiliado bosnio por los Estados Unidos, sin perder de vista ni un segundo su ciudad. Los relatos están cargados de seres pesimistas, perdedores, maltratados por la sociedad, renegados y adictos; mucha crítica social y humor negro.  Pero si hay una idea que sobresale con fuerza durante todo el libro es el deseo del autor por volver a su Sarajevo. No en vano le llaman un maldito nostálgico de Sarajevo: da igual lo lejos que vaya, a Sarajevo la lleva dentro. 

Ojalá traduzcan más obras de este autor, porque merece mucho la pena. 

Algunas citas del libro:

“Prefiero morir como escritor en Sarajevo que como cocinero en América”.

“Intento curarme. Sin éxito. Llevo ya cinco años fuera de Sarajevo y, si me hubiese pasado la vida entera chutándome heroína, a estas alturas ya me habría quitado. Pero de Sarajevo no puedo, ni aunque me maten. A veces creo que ya no la llevo dentro, que me he librado de ella, pero basta cualquier nimiedad para que vuelva a agitarse en mi interior”.

"Al advertir su degradación, un buen amigo le dejó una nota para prevenirlo: Dario, tú no vives de escribir, tú te mueres de escribir".

"Otra cosa no, pero al estar solo he desarrollado la capacidad de soñar lo que quiero. Lo que no quiero, ni siquiera permanece en mi memoria".

"Me levanto con la peor resaca de mi vida, abundante en resacas. No puedo quitarme el hipo de encima ni siquiera con cerveza.

Pronto aparece Mujo y me pregunta:

—¿Se puede saber qué hiciste anoche con el detergente?

—¿De qué detergente me hablas?

—De las bolsitas que estaban sobre la mesa de la cocina.

Poco a poco voy haciendo memoria. Me he levantado durante la noche, he conseguido llegar con estruendo a la cocina y he visto unas bolsitas con un limón dibujado. Pensando que eran polvos de limón como los de Sarajevo, he vaciado un par en una jarrita y los he mezclado con agua… Pero resulta que eran muestras gratis de un nuevo detergente ‘con aroma a limón’ que Mujo había cogido del supermercado donde trabaja. Eso explica mi resaca infernal".


"Dubravka, la mujer de Mujo, me dice que ha salido hace media hora y que es probable que el muy inútil se haya perdido. En el otro extremo de la barra hay un viejo borracho hecho polvo. Como tengo un imán para los pasados de rosca, sé que en algún momento se pondrá a hablar conmigo:

—La mayor parte de la humanidad me da asco. Me he follado a 2.500 mujeres, he apostado en 12.500 carreras de caballos, me he bebido el equivalente al lago Michigan en alcohol, he publicado 12 libros… Y tú, pimpollo, ¿qué has hecho con tu vida?

—Venga, Charles, basta ya… —le dice la camarera.

Pero yo la interrumpo:

—No pasa nada —la interrumpo—. Ponle una de mi parte (whisky con agua).

Porque en esa cara sin afeitar, llena de surcos profundos que tan solo el dolor puede haber abierto, en ese pelo despeinado y canoso, en esos ojos claros y azules, reconozco algo: Vratnik, Bistrik, Marindvor, el Korzo, el Istria, el Sueno, el Paseo, el Sótano Azul y el Haman, el Jardín y el Pantano de Marinko. En resumen, a toda la buena gente, a la gente de fiar.

—Salud, capullo —le digo—. He dejado escapar a 2.500 mujeres, me he follado a 12.500 caballos, he robado centenares de libros y tengo dos hijas. Eso es lo que he hecho con mi vida.

Veo una sonrisa brillar en sus ojos.

—Sandy, ponle una al pringadillo de mi cuenta.

—Gracias, pringado mayor.

—Sabes… —empieza.

—No lo sé —le cortó en seco—, pero no me des la turra, te lo imploro".

"Me mira como si fuese un monstruo... que es lo que soy".

"Salgo en el programa de fin de año que emite el tercer canal de televisión. Voy emperifollao como un árbol de Navidad y estoy repugnantemente sobrio. El presentador me chincha para que le hable sobre mi vida «bohemia», es decir, sobre mi miseria y patetismo. Le respondo que todo eso lo he dejado atrás, que ahora solo hay dos mujeres en el mundo a las que amo: mi esposa y mi hija".

"La regla número uno en América es la siguiente: «Nunca dejes un trabajo sin antes haber encontrado otro». Yo la olvidé y me quedé colgado un tiempo. Estar sin un centavo en América es quizás lo peor que el destino puede depararte".

"Era difícil encuadrar a Sidney en una de estas categorías. Claro está que había que descartar de entrada a los hombres de negocios, reconocibles por su «uniforme», su expresión vanidosa y engreída, y su constante mirar el Rolex (por si no lo sabéis, time is money). También a los pordioseros, quienes, haciendo sonar la calderilla dentro de sus envases de yogur de plástico, iban por la calle en silencio porque la Ley les prohibía dirigirse a los transeúntes. Buscaban la parte del «sueño americano» que les correspondía".

"De fondo se oía una música vaga y los monstruos me preguntaban a qué nación pertenecía yo.

Con seriedad de ultratumba, les he respondido:

A la de los muertos. La más numerosa del mundo.

Eso no puede ser me han constestado tras revolver sus papeluchos. Usted todavía está vivo".

"¿Cuándo fue que mi vida, hasta entonces más o menos despreocupada, se convirtió en una pesadilla? ¿Cuándo se redujo a un simple perdurar, a la existencia muda de un animal o incluso una planta?"

"Dentro de mi alma solo hay un vacío que resuena".

"Intentaré terminar un libro le respondo con seguridad. 

Pero he olvidado lo que dijo Aldous Huxley hace mucho tiempo: «Es más fácil ser un genio con veinticuatro años, pero para serlo con cuarenta y cinco hay que esmerarse»".

"Quizás no consigo escribir, pero de leer no me he olvidado".

"Llegamos a ese grado de intimidad en el que Lin empezó a reprocharme que bebiese más de la cuenta. Yo no tenía nada que reprocharle a ella salvo que la odiaba, porque día tras días se iba acercando su vuelta a Taiwán. Sabía que, en cuanto se fuese, me rompería como una hoja de papel, que iba a pagar bien cara la feclidad que estaba viviendo".

"Entonces, ¿tienes que vivir como un animal, siempre al acecho y evitando que te acechen? ¿Tienes que estar siempre solo?

Eso es dijo en un tono calmado y seguro.

Y, ¿si no quiero o no puedo hacerlo?

Si no tomas un camino, toda la vida estarás en un cruce.

¿Qué quieres decir? -No lo había entendido.

Los cruces son el peor lugar, es donde ocurren la mayoría de los accidentes".

"Los hijos de puta dejan que mi madre entre a verme media hora y luego, tras quitarme el pasaporte y el billete de avión, me encierran en una especie de trullo. Me explican que soy una persona no deseada, un imbécil y una escoria miserable; que están hasta los cojones de tipos como yo; que, de mí, no aceptaría ni siquiera agua en el desierto; que incluso les da asco tocarme con sus porras eléctricas...

Bueno, bueno les digo yo. Os podéis ahorrar la monserga. Ya sé mucho mejor que vosotros que soy bosnio".

"«¿Usted estuvo en la guerra?». De golpe me vino toda la amargura de estos años y se me aparecieron las calles de Sarajevo llenas de sangre, las colinas de alredor plagadas de «guerreros», la buena gente a la que jamás volveré a ver... Sin esconder mi ira, respondí:

No, señora, yo estuve en un campo de tiro al blanco. Era el blanco".


Puntuación: 5⭐/ 5



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