Reseña: Hamnet - Maggie O'Farrell

Título: Hamnet.

Autor: Maggie O'Farrell.

Editorial: Asteroides.

Págs: 340.

Sinopsis: Agnes, una muchacha peculiar que parece no rendir cuentas a nadie y que es capaz de crear misteriosos remedios con sencillas combinaciones de plantas, es la comidilla de Stratford, un pequeño pueblo de Inglaterra. Cuando conoce a un joven preceptor de latín igual de extraordinario que ella, se da cuenta enseguida de que están llamados a formar una familia. Pero su matrimonio se verá puesto a prueba, primero por sus parientes y después por una inesperada desgracia.

Partiendo de la historia familiar de Shakespeare, Maggie O’Farrell transita entre la ficción y la realidad para trazar una hipnótica recreación del suceso que inspiró una de las obras literarias más famosas de todos los tiempos. La autora, lejos de fijarse únicamente en los acontecimientos conocidos, reivindica con ternura las inolvidables figuras que habitan en los márgenes de la historia y ahonda en las pequeñas grandes cuestiones de cualquier existencia: la vida familiar, el afecto, el dolor y la pérdida. El resultado es una prodigiosa novela que ha cosechado un enorme éxito internacional y confirma a O’Farrell como una de las voces más brillantes de la literatura inglesa actual.

Opinión personalAl principio dudé, no estaba segura si era un libro para mí, pero conforme avanzaba la historia me iba atrapando más y más. Y es que independientemente de que te guste o no este tipo de dramas, Maggie O'Farrell escribe fenomenal. La autora aquí nos ofrece su interpretación personal de la tragedia de Shakespeare que da origen a su obra Hamlet: la muerte de su hijo; y lo hace con mucha ternura y toques de realismo mágico.

La belleza de esta historia está, sobre todo, en los pequeños detalles: en el microcosmos que se crea entre dos gemelos, en la energía que une a una madre con sus hijos, en el dolor de la pérdida y el sinsentido de la vida tras ella, y en un padre que no encuentra otra vía de escape que no sea la escritura y el teatro. 

"Crece con la sensación de hacerlo todo mal, de estar fuera de lugar, de ser muy oscura, muy alta, muy ingobernable, muy testaruda, muy callada, muy extraña. Crece sabiendo que solamente la toleran, que es irritante, inútil, que no merece cariño, que tendrá que cambiar sustancialmente, someterse por completo si pretende casarse. Crece también con el recuerdo de lo que era ser querida por lo que se es, no por lo que se debería ser."

"Hamnet vuelve a tener la misma sensación que ha tenido toda su vida: que su hermana es la otra cara de sí mismo, que los dos encajan a la perfección, ella y él, como las dos mitades de una nuez. Que sin ella está incompleto, perdido. Llevará para siempre una herida abierta en un costado, de arriba abajo, por donde la separaron de él. ¿Cómo va a vivir sin ella? No puede. Es como pedirle al corazón que viva sin los pulmones, como arrancar la luna del cielo y decirle a las estrellas que la sustituyan, como pretender que la cebada crezca sin lluvia. Ahora, como por arte de magia, aparecen en las mejillas de su hermana unas lágrimas como semillas de plata. Hamnet sabe que son suyas, que se le han caído de los ojos en la cara de Judith, pero también podrían ser de ella. Son los dos uno y el mismo. (…) Me voy contigo. Nos vamos juntos."

"Y allí, junto al fuego, en brazos de su madre, en la habitación en la que aprendió a gatear, a comer, a caminar, a hablar, Hamnet respira por última vez. Toma aire, lo suelta. Después, silencio, inmovilidad. Nada más."

"Contempla la cara de su hijo, o del que era su hijo, la vasija que contenía su mente, que producía el habla, que albergaba cuanto veían sus ojos. Los labios están secos, sellados. Le gustaría humedecérselos, concederles un poco de agua. Las mejillas, tensas: se las ha vaciado la fiebre. Los párpados se han teñido de un delicado gris violáceo, como los pétalos de las primeras flores de primavera. Se los cerró ella. Con sus propias manos, con sus propios dedos, que tan ardientes y resbaladizos estaban; qué tarea tan imposible, qué difícil se le hizo tocar con los dedos temblorosos y húmedos esos párpados tan queridos, tan conocidos que podría dibujarlos de memoria si le pusieran un carboncillo en la mano. ¿Cómo es posible tener que cerrar los ojos a un hijo muerto? ¿Cómo es posible tener que buscar dos peniques y ponérselos uno en cada ojo para sujetar los párpados? ¿Cómo es posible hacer semejante cosa? No está bien. No puede ser."

"Nuestro hijo estaba hecho de una parte suya y otra mía, piensa. Lo hicieron juntos; lo enterraron juntos. El hijo nunca volverá. Una parte de su ser quisiera devanar el tiempo, recogerse en él como el hilo. Quisiera dar marcha atrás a la rueca, deshacer la madeja de la muerte de Hamnet, su niñez, su infancia, su nacimiento, hasta el momento en que su marido y ella se unieron en esa cama para dar vida a los gemelos. Quisiera desdevanarlo todo, devolverlo todo al estado de vellón crudo, encontrar el camino de regreso a aquel momento y ponerse de pie, elevar el rostro hacia las estrellas, hacia el cielo y la luna, y pedirles que cambiaran lo que quiera que aguardara a su hijo, rogarles que por favor por favor dispusieran otra cosa para él. Haría lo que fuera por conseguirlo, renunciaría a lo que el cielo quisiera a cambio."

"Descubre que es posible llorar todo el día y toda la noche (...) Descubre que la gente no siempre sabe qué decirle a una mujer que ha perdido a un hijo."

"Ir hasta su tumba los domingos es doloroso y placentero al mismo tiempo. Quiere tumbarse encima, cubrirla con el cuerpo. Quiere cavar la tierra con las manos. Quiere golpearla con una rama. Quiere levantar un monumento encima, protegerla del viento y la lluvia. Instalarse a vivir ahí, tal vez, con él."

"De recién casados, una noche la llevó a la calle; era extraño estar allí, con todo en silencio, tan negro, tan vacío. Mira, le dijo, abrazándola por la espalda, reposando las manos en la curva de su vientre. Ella echó la cabeza atrás, apoyándose bien en el hombro de él. Un cielo salpicado de piedras preciosas, punteado de huecos plateados, pendía en equilibrio sobre los tejados de las casas. Le susurró al oído nombres e historias mientras señalaba las estrellas con el dedo y hablaba de formas, de gente, de animales y de familias. Constelaciones, dijo. Esa era la palabra. Y Susanna, el bebé que llevaba en el vientre, se movía como si escuchara."

"¿Cómo se dice, pregunta Judith a su madre, cuando una persona tenía un gemelo y ya no lo tiene?"

"Con las obras históricas y las comedias se las arregla bien. Puede seguir adelante. Solo con ellas puede olvidarse de quién es y lo que ha sucedido. Son sitios seguros en los que poner la cabeza (y ninguno de los que están en el escenario con él, ni uno solo de los otros cómicos, sus mejores amigos, sabrá nunca que todas las noches se sorprende buscando entre la multitud que los mira una cara en particular, la de un niño con una sonrisa ligeramente torcida y una expresión de asombro perpetuo; pasa la mirada por todo el público detenidamente, con cuidado, porque todavía no se hace a la idea de que su hijo haya podido desaparecer; tiene que estar en alguna parte; solo tiene que encontrarlo)".

"(...) me pregunto constantemente dónde está. Adónde ha ido. Es como si tuviera una rueda en el fondo de la cabeza que nunca para de dar vueltas. Haga lo que haga, vaya donde vaya, siempre me pregunto: ¿Dónde está, dónde está? No puede haber desaparecido así como así. Ha de estar en alguna parte. Lo único que tengo que hacer es buscarlo. Lo busco sin descanso, en todas las calles, entre la multitud, entre el público, siempre. Eso es lo que hago cuando los miro: lo busco a él, o una versión de él".

"Él sigue mirándola cuando ella le suelta la mano y deja la suya quieta, acurrucada entre las de él.

—¿Qué has encontrado? —le pregunta.

—Nada —dice ella—. Tu corazón.

—¿Eso es nada? —dice él con fingido tono de ofensa—. ¿Nada? ¿Cómo puedes decir eso?

Ella le sonríe débilmente, pero él le lleva la mano al pecho.

—Y es tu corazón —le dice—, no el mío."

 

"—¿Sabes una cosa? —responde, dejándose caer otra vez en el colchón—. Siempre es un placer sorprenderte con algo. Un placer inusitado del que apenas puedo gozar.

—¿Qué significa eso? —Significa —le dice— que me parece que no tienes la menor idea de lo que es estar casado con una persona como tú.

—¿Como yo? —Una persona que lo sabe todo de mí antes incluso que yo mismo. Una persona que solo con mirarme adivina mis secretos más profundos. Una persona que sabe lo que voy a decir… y lo que no… antes de que lo diga. Es —añade— un placer y una maldición."

"Este Hamlet del escenario es dos personas, el joven, vivo, y el padre muerto. Está vivo y muerto al mismo tiempo. Su marido lo ha devuelto a la vida de la única forma que podía. Mientras el fantasma habla, se da cuenta de que, al escribir esta obra, su marido se ha cambiado el sitio con su hijo. Ha cogido la muerte de su hijo y la ha hecho suya; se ha puesto él en las garras de la muerte y ha resucitado al hijo en su lugar. Ha convertido la muerte de su hijo en la suya propia."

Puntuación: 5⭐/ 5

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